jueves, 24 de octubre de 2013

Las cualidades de una traductora, al servicio de la docencia


Quienes me siguen y me conocen saben ya que actualmente estoy trabajando como profesora y que la docencia es, junto a la traducción, una de mis grandes pasiones(profesionales).

Ciertamente, se trata de dos trabajos muy diferentes que, en principio, no tendríamos por qué relacionar. De hecho, ya he comentado que en un futuro escribiré contrastando ambas profesiones. Sin embargo, este artículo va por otro lado. En vez de poner de manifiesto las diferencias entre estas dos labores, voy a analizar, siempre desde mi punto de vista, qué cualidades de las que se presuponen en un traductor son también útiles a la hora de dar clase.

En primer lugar, me gustaría recalcar la CURIOSIDAD INTELECTUAL. 

La profesión del traductor requiere sin duda una gran curiosidad intelectual, ya que estamos continuamente documentándonos y aprendiendo muchas cosas nuevas. Es uno de los aspectos de esta profesión que más me han gustado siempre. Pues bien, ser buen docente (y sobre todo cuando uno es principiante) implica también ser curioso. No importa que los temarios que impartamos sean de un nivel mucho más básico que el que nosotros mismos tenemos. De todas formas, hay que llevar la lección mejor estudiada a clase que cualquiera de nuestros alumnos. Por supuesto, hay que extender esta curiosidad a otros ámbitos para seguir formándonos como docentes, como la pedagogía, la psicología, la aplicación de las TIC en el aula, las nuevas corrientes educativas, etc.

Por otro lado, en las dos profesiones cobra importancia la HUMILDAD. 

Probablemente no se trate de una cualidad que relacionemos de forma automática con ninguna de las dos profesiones, pero yo creo que es vital para ambas. Se ha hablado mucho en blogs de traducción sobre la humildad como virtud indispensable del traductor. Hay que saber aceptar los errores y aprender de ellos. En cuanto al ámbito de la docencia, me da la sensación de que la humildad ha empezado a valorarse de forma general solo en las últimas décadas. Antes, se consideraba que el profesor tenía la razón y punto. Y si no la tenía... pues los alumnos se callaban la boca y hacían caso, de todas maneras, a lo que el profesor decía. ¡Cuántas veces no hemos preguntado algo a un profesor y nos ha salido por peteneras para no admitir que no sabía la respuesta a nuestra pregunta! Una vez, mientras estudiaba el Máster de Formación del Profesorado, nos plantearon: «¿Qué pasa si, en clase de inglés, un alumno te pregunta una palabra que no conoces?». Sinceramente, creo que no hay ningún drama en admitir que no sabemos lo que se nos está preguntando; en buscar la palabra en el diccionario, en este caso.

No viene mal, tampoco, una cierta dosis de PERFECCIONISMO.

Aquí me meto en terreno peligroso, porque el perfeccionismo excesivo nunca será bueno. Sin embargo, seguro que la mayoría coincidimos en que, en traducción, es fundamental una dosis moderadamente alta de esta ¿cualidad? Si tuviéramos todo el tiempo del mundo, miraríamos y remiraríamos todas nuestras traducciones y, aun sin disponer de tanto tiempo, sabemos que, al menos, debemos releer nuestra traducción una o dos veces y, si es posible, dejarla reposar antes. Como profesor, el perfeccionismo puede ser un arma de doble filo. ¿Cuánta perfección exigimos a los alumnos? Por supuesto, hay que echar el freno en algún punto. No se puede exigir a un chico de doce años lo mismo que a un adulto. El otro día estaba hablando de las dificultades de los alumnos para redactar bien. Ante eso, ¿qué hace el profesor? ¿Cuánto les exige? ¿Se queda en lo mínimo o intenta que los estudiantes lleguen un poco más lejos? Creo que, sabiendo moderarlo de forma adecuada, el perfeccionismo en la docencia puede ser, tambien, una virtud.

No puedo terminar sin olvidarme de la PACIENCIA.

Cualidad del buen docente por antonomasia, la paciencia es también importante en la traducción. Si no nos frenáramos cada vez que nuestro instinto nos indica que podemos estar ante un juego de palabras, una frase hecha o una alusión cultural, si no empleáramos tiempo y ganas en hilvanar con gracia y corrección esas frases que se nos atragantan, no seríamos buenos traductores.


Sin duda, me dejo en el tintero más cualidades comunes a ambas profesiones. No he querido incluir el gusto por el uso de las nuevas tecnologías, aunque también lo considero importante, porque se desvía un poco de la línea de las demás, que son virtudes más que capacidades.

¿Se te ocurre a ti algo más? 

sábado, 19 de octubre de 2013

¿Cuál es el secreto para redactar bien?


Tengo que reconocer que esta entrada ha cambiado a medida que la escribía y ahora, una vez finalizada, he vuelto al principio porque lo que había escrito no tenía sentido con el resto del texto. Y como estamos hablando de redactar correctamente, hagamos las cosas bien y no atentemos contra la coherencia textual.

Cuando empecé a escribir esta entrada, lo hice con la idea de que la pregunta que le da nombre no tenía una respuesta clara. Sin embargo, tratando de responder (redactando, en fin), me he dado cuenta de que creo que, después de todo, sí la tiene.

Antes que nada, ¿por qué esta entrada? Las semanas que llevo dando clase me han servido para corroborar una teoría: que uno de los mayores problemas de los alumnos (y también de los que ya no son alumnos de nada) es la redacción. ¡Y cómo me gustaría asistir a una mejora en esta destreza durante el curso! ¡Pero qué complicado es ayudar a que esta se produzca!

Se oye mucho hablar, a raíz de informes de Pisa y similares, del déficit en comprensión lectora. En mi opinión, la producción escrita es igual de importante que la comprensión y es, para más inri, una destreza que parece requerir mucho tiempo, trabajo y práctica. Además, creo que el desarrollo de ambas va de la mano. Por desgracia, no es algo fácil enseñar. No se trata de un conocimiento que se adquiere o no. En este caso, el alumno no se enfrenta a unos conceptos teóricos que estudia gracias a su memoria, sino al reto de, simplemente, escribir.

¿Cuál es, en mi opinión, el secreto para mejorar la destreza en redacción, tengamos la edad que tengamos?

Estoy convencida de que aprender a escribir pasa por leer. Y mucho, mucho, mucho. Todo tipo de textos. Igual que es posible cocinar un plato sin haberlo comido antes, es también posible redactar, digamos, un resumen, sin haber leído nunca ninguno. Pero, ¿cómo sabemos que el plato sabe como tiene que saber? ¿Cómo sabemos que el resumen tiene la estructura, el léxico y el contenido que debería tener? No me canso de repetir a mis alumnos la importancia de leer habitualmente. Las diferencias en destreza redactora entre quienes lo hacen y quienes no es abismal. 

Tumbados en el sofá disfrutando de una novela estamos aprendiendo muchísimo más de lo que creemos. Nuestro cerebro está adquiriendo agilidad lectora, lógica, memoria, está asimilando estructuras gramaticales, normas ortográficas, expresiones y usos poco conocidos, reglas de acentuación, etc., y eso sin contar lo que el libro pueda estar aportándonos en cuanto a conocimiento del mundo. ¡Y que nos lo estamos pasando bien!

Después de la lectura viene todo lo demás. Por supuesto, es necesario aprender las características de cada texto, estudiar las normas ortográficas de nuestro idioma, entender y aplicar la gramática, utilizar un léxico adecuado, tener en cuenta la coherencia y la cohesión, etc y, sobre todo, practicar, practicar y practicar. Pero nada de esto es posible sin el bagaje que nos da la lectura como práctica habitual.

Siempre se ha dicho que a traducir se aprende traduciendo. Cierto. A escribir se aprende escribiendo. Pero también leyendo. Quien se dedique únicamente a leer puede ser que no aprenda a escribir, pero está claro que quien no lee, sin duda, no escribirá jamás.

Ahora que la entrada me ha ayudado a llegar a la respuesta que buscaba, lo suyo es ponerla en práctica en el aula, lo cual tampoco es sencillo. No es factible forzar el placer por la lectura a nadie, aunque sí podemos buscar vías de motivación como, por ejemplo, no imponer una novela en concreto sino dejar elegir al alumno.

Por otro lado, a la hora de trabajar un tipo de texto determinado (me viene a la cabeza el resumen, porque es con lo que estamos en clase ahora mismo) siempre será de gran utilidad dotar a los alumnos de modelos que imitar. Lo hacemos continuamente en lengua extranjera. Creo que tiene también sentido hacerlo en la propia.


lunes, 23 de septiembre de 2013

Pequeño cambio de rumbo

¡Buenas noches!

Si me disculpan, esta vez escribiré una entrada un poquito más personal y, por consiguiente, un poco menos «profesional». Habrán comprobado que hace semanas que tengo este blog y las redes, digamos, menos cuidados. Aseguro que han estado todo este tiempo, como dicen los anglosajones, «at the back of my mind». Sin embargo, además de ciertas cuestiones personales que también están reclamando mi tiempo, mi vida profesional ha dado un giro este mes que se verá, por supuesto, reflejado en mis publicaciones en este blog.

En la cabecera del blog me defino como «traductora, intérprete, docente y lo que traiga el futuro» (y una carita tonta, sí). Hasta ahora, he venido desarrollando, más que nada, mi cara traductora. Pues bien, el futuro (en este caso ya pasado) ha traído algo nuevo: a partir de comienzos de este mes me he incorporado al claustro de profesores de un colegio donde imparto refuerzo educativo, inglés y lengua en Educación Secundaria, PCE y ciclos formativos. 

Se trata de una nueva aventura que me hacía muchísima ilusión y que ya me está haciendo feliz. Más de una vez comentaba, en todos mis meses traduciendo en el Parlamento Europeo y, más adelante, trabajando en el marketing de la cadena hotelera en la que estuve contratada este verano, que, después de haber probado la traducción a tiempo completo, me apetecía mucho también probar la docencia a tiempo completo. Sin duda, son dos de mis grandes pasiones y creo que sería muy feliz compaginando ambas en mi vida. Sin embargo, primero hay que ir pasito a pasito y ahora se me ha presentado esta magnífica oportunidad no solo de transmitir conocimientos, sino de educar jóvenes, algo a lo que he dedicado en los últimos años también una parte de mi tiempo libre y que ahora se convierte en profesión.

Aún es muy pronto, pero dentro de algunos meses, cuando ya tenga el rodaje y la experiencia necesarios, publicaré con seguridad una entrada en la que he venido pensando casi desde los albores de este blog: una comparación, desde mi personal punto de vista, de estas dos profesiones tan distintas, y que, no obstante, muchos de nosotros compartimos, pues los idiomas nos abren las puertas a ambas.

De momento pido un poco de paciencia. Cualquiera que haya dado clase sabrá el trabajo, no solo en el centro educativo sino en casa, que esta profesión conlleva. Este, por si fuera poco, se multiplica cuando una es totalmente principiante.

No dejaré en este blog, por supuesto, de hablar de traducción. Al contrario, los contenidos sobre traducción estarán siempre ahí. Además, se nutrirá de la riqueza que brinda una nueva perspectiva y una nueva experiencia personal. Soy de las que opinan que las mejores entradas de blog suelen surgir de la experiencia. Estoy segura de que este curso me brindará innumerables experiencias nuevas, frescas e interesantes que compartir y de las que aprender.

lunes, 19 de agosto de 2013

Tendencias lingüísticas que me aterran

Todos sabemos que la lengua es un ser vivo en continua evolución y, con seguridad, usos que para nosotros hoy son normales parecerían ajenos o extraños cuando empezaron a extenderse. Sin embargo, hay casos y casos. Hay evoluciones que parecen lógicas y otras no lo son tanto. Un ejemplo claro es la dicotomía entre anglicismos necesarios (por ejemplo, todos los que vienen a definir realidades nuevas como email, hacker, router, etc.) y los innecesarios, como cool, hiking, shopping y un largo etcétera.

Hoy quiero hablar de tres tendencias que me preocupan sobremanera. Las dos primeras son usos erróneos, sancionados por la RAE, pero que se están extendiendo como la pólvora (no olvidemos que, en la actualidad, gracias a los medios de comunicación, la velocidad de propagación y la incidencia de estos usos para el oído o los ojos humanos es potencialmente mayor que en los siglos pasados), la última es solamente la pérdida progresiva de un regionalismo que debería estar más que arraigado.

Empecemos por ese asunto que puede dar que hablar páginas y páginas: la especificación del género femenino cada vez que se quiere abarcar con un plural a ambos sexos. «Los alumnos y las alumnas», «los niños y las niñas», «los padres y las madres»... No hace falta que explique, creo, que la RAE está totalmente en contra de este uso, porque el género masculino es el elemento no marcado de la oposición masculino-femenino, lo que implica que subsume al otro. Por si acaso (las negritas son mías):

2.1. En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: El hombre es el único animal racional; El gato es un buen animal de compañía. Consecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales; En mi barrio hay muchos gatos (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión los alumnos podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras» (Excélsior [Méx.] 5.9.96). Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y debió— decirse, simplemente, ayudar a sus compañeros. Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros: La proporción de alumnos y alumnas en las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente; En las actividades deportivas deberán participar por igual alumnos y alumnas. Por otra parte, el afán por evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la gramática: las y los ciudadanos.

Creo que está muy claro que este uso no tiene ningún sentido. Además, hace que el discurso se vuelva tedioso y, en la gran mayoría de los casos, inconsistente, pues es prácticamente imposible mantener este uso siempre y en todo momento durante la totalidad del discurso. En mi caso, cada vez que me toca leer o escuchar algo así, termino totalmente distraída tratando de cazar todas las equivocaciones del hablante o escritor (o mejor dicho, las únicas veces en que es correcto). 

Por otro lado, no puede dejar de resultarme muy curioso que muchos de los que se empeñan en hablar de esta manera, por supuesta corrección política, sean hombres que creen que las mujeres nos sentimos marginadas si no se hace alusión directa a nuestro sexo (sexo, que no género, que es solo un término gramatical). Se lo agradezco, pero nada más lejos de la realidad, al menos con la mayoría de las mujeres que conozco. En serio, la mayoría estamos deseando que el hablante deje de prestar atención a tonterías como esta para brindársela al discurso en sí y a lo que importa de este.

¿Qué me preocupa? Me preocupa que cada vez el uso está más extendido, que ya no solo está en boca de políticos, sino también de gente de a pie en conversaciones de a pie. Por favor, no. Pero lo que más, más me preocupa (me aterra, casi) es que me están acostumbrando tanto a él que ya prácticamente si escucho «los padres» me pregunto si las madres están incluidas o no. Y no me da la gana de preguntármelo. No y no. 

Por cierto, me niego a hablar del uso de la arroba, que ni siquiera es un símbolo lingüístico. No sé, quizás si alguien se propone marcar tendencia cambiando las oes por ceros, al final todos terminemos como borreguitos haciendo lo mismo.


Vamos con el segundo uso incorrecto que está empezando a quitarme el sueño. En este caso, se trata de la utilización de «el mismo» como pronombre con valor anafórico. De nuevo, la RAE lo explicará mejor:

3. El adjetivo mismo puede sustantivarse, manteniendo los sentidos de identidad y de igualdad o semejanza que le son propios: «Sus ideas reformistas solo cambian de posición, pero son las mismas» (Vitier Sol [Cuba 1975]). A pesar de su extensión en el lenguaje administrativo y periodístico, es innecesario y desaconsejable el empleo de mismo como mero elemento anafórico, esto es, como elemento vacío de sentido cuya única función es recuperar otro elemento del discurso ya mencionado; en estos casos, siempre puede sustituirse mismo por otros elementos más propiamente anafóricos, como los demostrativos, los posesivos o los pronombres personales; así, en «Criticó al término de la asamblea las irregularidades que se habían producido durante el desarrollo de la misma» (País [Esp.] 1.6.85), pudo haberse dicho durante el desarrollo de esta o durante su desarrollo; en «Serían citados en la misma delegación a efecto de ampliar declaraciones y ratificar las mismas» (Excélsior[Méx.] 21.1.97), debería haberse dicho simplemente ratificarlas; en «El que su acción fuera efímera, innecesaria, no resta a la misma su significado» (Abc [Esp.] 29.9.74), hubiera sido mejor no le resta su significado. A menudo, su simple supresión no provoca pérdida alguna de contenido; así, en «Este año llegaremos a un billón en exportaciones, pero el 70 por ciento de las mismas se centra en el mercado europeo» (Razón [Esp.] 18.12.01), pudo decirse, simplemente, el 70 por ciento se centra...
¿Qué es lo que pasa? Que del lenguaje administrativo y periodístico que nombra la RAE y que  es, ciertamente, donde este uso empezó, se está extendiendo a otros muchos registros y ámbitos. Aún no lo escucho, por suerte, en conversaciones de andar por casa, pero sí que se está inmiscuyendo cada vez con más fuerza en el ámbito literario (como mínimo, en la literatura traducida, que es donde noto que me está persiguiendo últimamente). ¿Pero y por qué lo usan? Es feo y, como dice la RAE, en la mayoría de los casos, completa y absolutamente innecesario. ¿No es mucho más sencillo y bonito utilizar un pronombre personal de toda la vida? Claro, es más sencillo, pero parece que no tan chic (lo siento, anglicismo innecesario). Y así vamos, porque la tendencia general es que, por querer hablar fino y elegante, terminamos plagando los discursos de incorrecciones absurdas, molestas y aburridas como esta.


Paso al último ejemplo. Este caso  no es tan grave, porque por suerte su extensión aún se restringe a ciertos ámbitos, pero igualmente me preocupa. Como es sabido, en Canarias, al igual que en América y que en algunas zonas de Andalucía, utilizamos la forma formal de segunda persona del plural, «ustedes», con su respectiva conjugación de tercera persona: «ustedes comen», «vengan aquí», etc. Es parte de la quintaesencia de nuestro pueblo canario. En boca de nuestros mayores jamás oirás un «vosotros», ni tampoco en boca de muchos canarios. 

Sin embargo, hay cierta tendencia, muy actual, a utilizar «vosotros» en algunos casos. A veces, en discursos, porque se piensa que es más formal (una concepción falsa). Hay gente que jamás usaría «vosotros» al hablar, pero que sí lo escribe, por ejemplo, en un email. Otras veces, cuando se cree inconscientemente que el uso de «ustedes» puede resultar confuso. Por ejemplo, un hombre que habla con una mujer y quiere decirle algo como «las mujeres sois demasiado sentimentales». En español peninsular el sentido está muy claro. Sin embargo, en español canario puede parecer que falta algún énfasis, porque si se dice «las mujeres son demasiado sentimentales», podría dar la sensación de que se habla de las mujeres en tercera persona y no en segunda. Pero son cosas que no cuesta nada arreglar. Un simple «ustedes, las mujeres, son demasiado sentimentales» lo dejaría todo claro.

Por supuestísimo, quiero dejar claro que no tengo absolutamente ningún problema con el uso del pronombre «vosotros» en labios de todas aquellas personas a las que este uso les es propio, tanto si viven en la España peninsular como si viven en Canarias. Lo que sí me molesta es que un canario de toda la vida, sin padres peninsulares, sin haber vivido la infancia en la Península, simplemente porque le parece que suena mejor, utilice esta forma que nunca ha sido parte de la llamada «habla canaria». A pesar de vivir en un mundo globalizado, considero que es muy importante conservar también nuestras tradiciones y nuestras particularidades, o terminaremos perdiendo todo lo que caracteriza a cada pueblo para convertirnos en una enorme aldea global donde un chino no se distinga de un peruano ni de un islandés.

Hasta aquí por hoy. Ojalá pueda leer dentro de unos años esta entrada y ver que mis temores no se han cumplido y estas tendencias han caído en desuso, pero cada vez me cuesta más ser optimista.




lunes, 8 de julio de 2013

Los peligros de la traducción inversa

Hace unas semanas que vengo haciendo mucha traducción inversa. Más que nada, se trata de textos turísticos y de marketing que debo redactar o revisar en español y luego traducir al inglés y al alemán (descripciones turísticas, captaciones para un club de fidelización, emails a clientes, textos de Ley de Protección de Datos, etc.). Soy la única traductora en plantilla y me toca hacerlo, porque, entre otras cosas, para esto se me ha contratado. Sin embargo, yo, como la gran mayoría de mis compañeros traductores, sé que no es lo ideal. En esta entrada, trato de explicar por qué, y va dirigida tanto a no traductores como a traductores muy jóvenes (incluso más que yo) o aún estudiantes de traducción que piensan que con lo que se aprende en la carrera uno puede saltar al mercado laboral de la inversa.

Primero que nada, para quienes no vengan de nuestro mundillo, una explicación muy rápida. Se denomina traducción directa a la que se produce desde una de tus lenguas de trabajo extranjeras (normalmente llamadas Lengua B, Lengua C, etc.) hacia tu lengua materna, la Lengua A. Por el contrario, la traducción que se realiza en la dirección contraria, desde tu propia lengua hacia las lenguas B, C, D, etc., recibe el nombre de traducción inversa. Todo esto puede ir con matices. Por ejemplo, para un alemán que ha vivido toda su vida en España y ha estudiado aquí la carrera, esta diferenciación puede difuminarse. Pero no es mi caso, ni el de la mayoría. No voy a hablar aquí del trabajo de traductores completamente bilingües (si es que existen). Claramente, mi Lengua A es el español, mi Lengua B es el alemán y mi Lengua C, el inglés.


¿Por qué hacer inversa no es deseable y, personalmente, no me llena como sí lo hace una directa?

Las razones son varias y están muy conectadas entre sí. 

En primer lugar, es casi imposible que una traducción inversa quede tan bien como una directa. Digo «casi» porque no quiero pillarme los dedos, pero, a efectos prácticos, creo que sí es imposible. Es error muy común no ya de personas que no son traductoras, sino más bien de quienes tienen escasos o nulos conocimientos en idiomas, pensar que un traductor se desenvuelve igual en una lengua que en otra. No es así. Por supuesto que no. Una de nuestras lenguas de trabajo es nuestro idioma materno; las otras, no, y jamás las usaremos con la misma seguridad, soltura y nivel de conocimiento con el que usamos la nuestra. ¿Tenemos un nivel muy alto? Sí. ¿Las conocemos bien y nos desenvolvemos en ellas sin muchos problemas? Sí. ¿Estamos acostumbrados a trabajar con ellas? Sí. Pero no son ni serán nunca nuestra lengua materna. A lo largo de mi vida me he encontrado muchas veces con una situación parecida: al decir que estudié en un colegio alemán, o que soy traductora-intérprete, una de las respuestas más comunes es: «Entonces tu alemán es perfecto, ¿no?». Gracias por la confianza, pero no. Mi respuesta, invariablemente, es la que sigue: «No, perfecto no. Ni siquiera mi español lo es».

Por esta razón, porque estoy totalmente convencida de que mi traducción inversa por fuerza va a ser defectuosa, no me llena hacerlas. No me gusta hacer trabajos para los que sé de antemano que no estoy 100 % cualificada. Por supuesto que mis traducciones directas probablemente tampoco sean perfectas, pero el margen de error es mucho menor. Lo que me lleva al siguiente punto...

No solo mi lengua materna la hablo y la escribo con más naturalidad y soltura. También he estudiado en muchísima más profundidad cómo funciona. He tenido suerte, pues mis planes de estudios, tanto en el Bachillerato como en la Universidad, han sido muy exigentes con la asignatura de Lengua Española. En el colegio estudiamos en profundidad el análisis sintáctico. En la uni, dedicamos dos horas semanales durante un año completo de mi carrera a estudiar el verbo en español. Parece de chiste, pero no lo es. Nos entregamos otro cuatrimestre entero a tratar la cohesión textual y sus mecanismos. Hicimos diagnosis de textos para descubrir todos los errores que estaban contenidos en ellos y llamarlos por sus nombres. En ambas instituciones se nos llamó la atención una y otra vez sobre todas esas expresiones y usos que son erróneos, pero endiabladamente comunes, como el infinitivo con valor absoluto, «el mismo» como deíctico, «en base a», «en relación a», la estructura «sustantivo + a + infinitivo» y un largo etcétera.

Por mucho alemán e inglés que haya estudiado en mi vida, a este nivel de profundidad no he llegado nunca. Incluso teniendo en cuenta que estudiamos alemán casi como si fuera nuestra lengua materna en los últimos años del colegio o a pesar de haber leído Der Dativ ist dem Genitiv sein Tod (El dardo en la palabra germano, podríamos decir). Claro que no. Me faltaría un larguísimo camino para llegar a un nivel de inglés o alemán siquiera un peldaño por debajo de mi nivel de español.

Entonces, ¿por qué se hacen inversas?


 En el verdadero mercado de la traducción, hacer inversas no es lo habitual. Quien se dedica a la traducción como autónomo y, quiero creer, como trabajador en plantilla de muchas empresas de traducción, hace fundamentalmente o exclusivamente, traducciones directas. Ese es también el caso en las Instituciones Europeas. Durante mis seis meses en Luxemburgo, traduje únicamente textos hacia el español, jamás hacia otro idioma.

 Quizás haya una excepción en el mercado de la traducción jurada, porque estamos cualificados por el Gobierno para hacer nuestras traducciones en ambas direcciones, pero, de resto, en general uno se ciñe a utilizar su Lengua A como Lengua Meta de los encargos que acepta.

 Así ocurre, como digo, en el mercado de la traducción, pero no en el mundo empresarial al completo. Para una empresa que pretende generar textos en varios idiomas (como es el caso del marketing turístico), es mucho más fácil, rentable e incluso rápido tener a alguien en plantilla capaz de hacer esas traducciones, aunque el resultado final no sea tan redondo como lo sería si se contrataran los servicios de un corrector de estilo para los textos en español y de un traductor profesional autónomo para cada uno de los textos en lenguas extranjeras.

 Y así las cosas y después de dejar claro que nuestras traducciones van a tener errores y que probablemente van a estar faltas de la naturalidad que solo tiene un profesional nativo, solo queda dar lo mejor de una misma y poner especial detalle a esos textos redactados en otros idiomas.

 Como siempre me gusta sacar aspectos positivos de todo, no dejaré de comentar que hacer inversa, por el grado de exigencia que supone, implica un mayor acercamiento al idioma, refrescar normas gramaticales medio olvidadas, comprobar continuamente casos y géneros (en el caso del alemán) y acabar navegando por blogs y foros de idiomas como una loca, a veces consultando cuatro veces lo mismo, porque de una vez para otra olvidas cómo funcionaba aquello exactamente o cuál era la palabra ideal para traducir una expresión en particular. Casi, casi, es como estar de vuelta en el cole, redactando textos en inglés y alemán.

 No obstante, si la situación fuera diferente y estuviera trabajando como autónoma, no aceptaría estos encargos. Es un consejo que puede leerse en varios blogs de traducción. Piénsatelo dos veces, porque está en juego tu imagen profesional y que vuelvan a solicitar tus servicios en un futuro.