Hace
ya un tiempito dije que me gustaría escribir una entrada sobre el
multilingüismo en la Unión Europea.
(Por cierto, nota para los que trabajamos con lenguas: esta es la expresión
correcta en español, no «multilingualismo», como tenderíamos a escribir si pensamos a la inglesa).
Creo
que este no solo es un aspecto muy interesante, sino, me atrevería a decir,
parte integral de la quintaesencia de la Unión.
Desde
que hemos llegado aquí hemos venido escuchando varias veces esta afirmación: «Para
trabajar como traductor, esta es la mejor institución que hay. No existe
ninguna organización en el mundo entero que trabaje con tantas lenguas como
nosotros». (Por supuesto, nos comentan que hacen esta propaganda porque
trabajan aquí, si no la harían de otra institución diferente).
Sin
embargo, no podemos negar los hechos: mientras las Naciones Unidas y todas sus
organizaciones dependientes trabajan con seis lenguas, el Parlamento
Panafricano también (cuatro de ellas coinciden, dos difieren: el chino y el
ruso dan paso al portugués y al suajili), el Consejo de Europa únicamente con
dos (francés e inglés), la Unión Europea
se atreve nada menos que con veintitrés.
Desde
el Reglamento nº 1/1958 se establecen las lenguas oficiales y las lenguas de
trabajo de la Unión Europea.
Con cada nueva adhesión, se ha ido modificando este Reglamento, para añadir las
lenguas oficiales de los nuevos Estados miembros, de manera que en un principio
eran muy pocas (alemán, francés, italiano y neerlandés), mientras que
hoy en día hay que añadir a estas el búlgaro, el castellano, el checo, el
danés, el eslovaco, el esloveno, el estonio, el finés, el griego, el húngaro,
el inglés, el irlandés, el letón, el lituano, el maltés, el
polaco, el portugués, el rumano y el sueco.
Por
si esto fuera poco, para complicar las cosas existen además algunas «lenguas
semioficiales», como las reconocidas por el Estado español (vasco, catalán y
gallego), el gaélico o el escocés.
Solo
dos lenguas oficiales de Estados miembros no lo son de la Unión. Una es el turco, oficial
en Chipre, la otra, nada menos que el luxemburgués. Según nos han contado, ni
la propia legislación luxemburguesa está en este idioma (recordemos que aquí
son oficiales también el francés y el alemán), así que les resultaría demasiado
complicado traducir todo el Derecho de la
UE a este idioma).
Cada
una de las lenguas oficiales es también lengua de trabajo, lo cual en la
práctica significa que, desde los diputados al Parlamento en las sesiones
plenarias hasta los ciudadanos de a pie que envían peticiones a la Unión, todos tenemos derecho
a expresarnos en nuestro propio idioma (o, para ser más exactos, en el idioma
de la UE en el que
más nos apetezca) y recibir una respuesta en este mismo idioma. Por supuesto,
en sesiones, reuniones de comisiones, etc., es necesario que haya intérpretes
capaces de interpretar a todas estas lenguas. Asimismo, como os obvio, todo
tipo de documentos importantes (es decir, los legislativos sí o sí, pero
también otros muchos, como actas, comunicaciones, documentos internos, etc)
deben traducirse a todas las veintitrés lenguas que hemos nombrado.
Algunos
deben de estar pensando: ¿es esto posible, o viable? ¿Cuánto volumen de trabajo
implica? ¿Cuántos traductores hay por unidad y cuánto traducen al día? Y quizás
una de las preguntas más obvias: ¿hay en cada unidad al menos un traductor que
conozca cada una de las veintidós lenguas restantes?
Hagamos
un poco de matemáticas. (Voy a tomar los datos de una de las reuniones a las
que asistimos en las primeras semanas).
Antes
del 1 de mayo de 2004, esto es, antes de la «gran expansión», había once
lenguas oficiales en la UE.
(11x10=110). Estas eran las combinaciones posibles: ciento diez. En cada unidad
debía haber alguien que dominara alguno de los diez idiomas restantes. Bien,
teniendo en cuenta que puede haber unos veinte traductores por unidad, esto no
era tan difícil. De hecho, era el caso.
Sin
embargo, después de 2004, el número de lenguas oficiales creció a veinte.
(20x19=380). Ahora son veintitrés (23x22=506). Quinientas seis combinaciones…
es de locos, ¿verdad? Y eso sin pensar demasiado en las próximas adhesiones:
Croacia, que es segura ya, y los Estados candidatos: Serbia, Islandia,
Macedonia, Montenegro, la eterna Turquía…
Esta
ha sido la teoría, ahora vamos a la práctica…
Obviamente,
no hay traductores de todas las lenguas en todas las unidades. Sería
fantástico, pero no puede pretenderse que los haya. Es aquí donde empieza a
cobrar importancia el concepto de las «pivot/relay languages» o «lenguas de
enlace», que son inglés, francés y alemán. Pongamos por caso que hay que
traducir un texto del esloveno al húngaro y no hay ningún traductor que tenga
esta combinación: la solución, igual que ocurre con la interpretación relé, pasa por una traducción intermedia
en alguna de estas lenguas más comunes. Por supuesto, no es la mejor solución,
pero sí la más factible y realista.
Como
se deduce de este modo de trabajo, en las unidades de inglés, francés y alemán
sí es necesario cubrir todas las lenguas.
Podemos
decir, por lo tanto, que el multilingüismo en la UE es real, pero está, en cierto modo, controlado.
Por
otro lado, la realidad es que la gran mayoría (me gustaría tener el porcentaje
exacto) del volumen de trabajo para traducir está en inglés. Aunque viene de
todas partes dentro de la Unión. Esto
genera un nuevo problema: los ciudadanos, o los políticos, se empeñan en hablar
en inglés, sin dominarlo, aun teniendo la posibilidad de hablar en su idioma.
¿El resultado? Textos plagados de errores, a veces con estructuras o
expresiones incomprensibles. Esta situación ha obligado a crear un nuevo
departamento, la Unidad
de Edición, integrada por antiguos traductores de la Unidad de Inglés, para
corregir los textos defectuosos antes (o después, que también pasa si no eres
cuidadoso) de que los traductores hayan hecho su trabajo.
Desde
luego, el multulingüismo de la UE,
si queremos, puede ser un asunto muy polémico. ¿Vale la pena gastar tanto
dinero en traducciones cuando podríamos limitarnos a unas pocas lenguas de las
más comunes, o incluso solo al inglés? ¿Es necesario pagar a tantos traductores
para traducir tantísima cantidad de documentos?
Indudablemente,
como traductora, contesto con un rotundo «sí». Pero no solo como traductora:
también como ciudadana. Tener la oportunidad de hacer una petición, presentar
una queja o consultar un Reglamento o una Directiva en el propio idioma es
fundamental. Ya puede ser de por sí bastante complicado el lenguaje jurídico,
como para tener que comprenderlo en un idioma extranjero. Además, seamos
realistas, hoy por hoy, en la UE
el aprendizaje y el dominio del inglés como posible lengua vehicular sigue
siendo muy irregular y extremadamente deficiente en según qué países, rangos de
edad o estratos de la sociedad. Tal vez dentro de un par de generaciones todos
lo dominemos, pero no es el caso ahora.
Me
ha quedado una entrada muy larga y aún así siento que no he dicho ni la mitad
de lo que podría. Este asunto da para horas de debate. Me gustaría que comentaran sus opiniones al respecto.